2011-10-16

Pequena magnitude

Tinha de fixar aqui as palavras do basco Fernando Aramburu, porque as não pretendo esquecer. Já traduzi algumas, mas hoje ficam no original, que a sua música não tolda o nosso entendimento. Fernando Aramburu publica, irregularmente, no El País de Sábado, no suplemento Babélia, pequenas e notáveis reflexões que têm o condão de nos fazer sorrir, reflectir e, muitas vezes, mas mesmo muitas vezes, cair em arrebatamento.
Desfrutem, parágrafo por parágrafo.


Pequenã magnitud


Ningún artista en su sano juicio puede pretender que la realidad siga siendo lo que es en alguna parte que no sea la realidad y, sin embargo, no hay arte que se sostenga sin engaño.

Mi vocación, a la que he dedicado incontables horas de mi vida, consiste en el sostenido y laborioso afán de componer cada día, con el mayor esmero posible, las obras por las que inevitablemente seré olvidado.

Reconozco que cada vez que estoy equivocado opino lo mismo que mis detractores.

Agonizo, pero, aparte de eso, no tengo ninguna razón para quejarme.

¿Qué clase de cebra es un león rayado?

Casi todo lo que escribo nace de mi atracción y curiosidad por la gente. Desde el punto de vista del aprovechamiento literario, puede decirse que he adoptado al género humano como animal de compañía.

Para medir con un margen aceptable de error el tamaño y peso de nuestra paciencia no hay como tratar de asuntos urgentes con personas duras de oído.

Tan pronto como se vuelve deleitosa, la estupidez arrastra en línea recta a estados elementales de felicidad.

¿Existe crítica más demoledora que el elogio de un imbécil?

El día de mi fallecimiento no quiero caras largas, lágrimas, discursos fúnebres ni nada por el estilo en torno a mi ataúd. Si tanto me apreciabais buscadme un resucitador.

He decidido apoyar sin restricciones la revolución sexual, pues me han asegurado que, ni triunfando en toda la línea, obliga a nadie a cumplir sus objetivos.

Dios debe de ser un caso extremo de introversión. Hace ya largo tiempo que no se le ve.

Tan pronto como se invente una máquina efectiva de resucitar a los muertos, automáticamente las religiones se convertirán en actividades de ocio.

Un fanático de la tolerancia ¿es fanático o es tolerante?

Que hay formas de vida en otros puntos del Universo, además de en la Tierra, es cosa que no me cuesta admitir. Ahora bien, ¿también hay vino?

A veces me entran deseos de ser Dios para abolir las religiones.

En el curso de una conversación a solas he constatado mi simpatía por el politeísmo. Al negar a cinco, diez, veinte dioses, tiene uno la impresión de que ser ateo cunde más.

A menudo me levanto de la cama persuadido de una certidumbre, a mediodía adopto otra distinta y por la noche pienso exactamente lo contrario que por la mañana.

Definitivamente la belleza física es un truco. Maldita sea, ese truco ¿cómo se aprende?

A los que sienten la necesidad de decir la verdad en todo momento, ¿no debería exigírseles licencia de armas?

Benditos sean los exagerados, ya que son ellos, acaso sin darse cuenta, los que con su fatuidad y su ruido contribuyen a hacernos adorable la sencillez.

Si la mierda oliera bien, ¿con qué nos perfumaríamos?

Hay gente que rara vez se equivoca: los muertos. Es éste, por lo demás, uno de los pocos privilegios que se les conoce.

Una vez creado el primer hombre inmortal, dudo que transcurra mucho tiempo antes que un ciudadano de tantos le descerraje un tiro en la cabeza. ¿Por envidia? ¿Por maldad? Por nada de eso. El simple prurito de verificar accionará el disparador.

Noto en mí de un tiempo a esta parte una desgana creciente por llevar la contraria a los demás, sobre todo cuando me elogian.

Abstente, en nombre de la justicia que defiendes, de dictar normas si luego no sabes hacerlas cumplir.

El hombre y la mujer nacieron para vivir juntos cada uno en su casa.

No hay utopía que resista un dolor de muelas.

¿Cabe mayor optimismo que empeñarse en vivir hasta el final?

Se recomienda colocar el cepo en un sitio destacado de la vía pública. Recuerde que no deberá cebarlo ni con pan ni con queso sino con un billete de banco, el cual necesariamente deberá ser de curso legal. Retírese usted sin tardanza a veinte o treinta pasos del área del experimento. En unos instantes comprobará que los seres humanos tienden, en determinadas circunstancias, a asimilar conductas características del género roedor.

Hombres del futuro que juzgaréis los logros artísticos de mi tiempo, ¡piedad!

No hace falta que me apunte usted con la pistola. En realidad me basta con su sonrisa.

En vista de los pérfidos designios de la naturaleza, que admitió la posibilidad de arrancarme los cabellos uno a uno hasta dejarme calvo, me pregunto: ¿no tengo derecho a desagraviarme yendo, por ejemplo, a un bosque con una motosierra y...?

¿Hará falta insistir en que el destino de mis hijos me preocupa tanto que ni puedo ni quiero separarlo del mío? Me considero capaz de hacer sin gran esfuerzo extensiva dicha preocupación a los nietos que un día acaso tendré. Lamentaría asimismo, si bien de una forma imprecisa e ideal, que mis posibles biznietos hubieran de soportar unas condiciones de vida desfavorables. De ellos en adelante... Chicos, arregláoslas como podáis.

Es previsible que en la eternidad los pelmas ostenten el poder absoluto.

Hay escritores que tienden al exceso de signos de puntuación. ¿Tendrán hipo?

Conociéndome como me conozco, no creo que me alcance la paciencia para quedarme hasta el final de mi agonía.

Cualquier tontería es susceptible de ser expresada en términos filosóficos.

Libertad, igualdad, fraternidad... Bien, pero, por favor, con urbanidad, suavidad, tranquilidad.

Por lo visto hay gente que se cree a salvo del provincianismo por el mero hecho de respirar a diario humo de automóviles.

Me pregunto qué clase de delito habríamos cometido en el caso de que tras matar con un cuchillo de cocina a un ciudadano que estuviera provisto de plumas y pico, que cacareara y pusiese de vez en cuando un huevo, lo sirviéramos sobre una bandeja, asado y relleno de ajos y pimientos, a nuestros huéspedes.

¡Maldita modestia! Ni siquiera le deja a uno presumir de defectos.

Los hombres, ¿máquinas? Por supuesto que no. ¡Qué más quisieran!

De nada ni de nadie recelo tanto como de aquellos que se obstinan en negar la perfección. Aun admitiendo que la perfección sea, tal vez, poca cosa, sin ella delante de los ojos sólo le restaría a uno el gris acicate de los trabajos remunerativos.

Tarde o temprano, a toda metáfora le llega el turno de degenerar en una nonada.

Las actividades artísticas cumplen una finalidad piadosa, consistente en engatusar a las personas de buena fe con la idea absurda de que la vida humana puede, por momentos, sustraerse a la vulgaridad.
Me adhiero a las voces, no muchas, partidarias de sustituir la denominación de autor por la de culpable de la obra, culpable de las páginas que siguen o, simplemente, culpable.

Desde los albores de la humanidad, a la mayoría de los que componen versos se les puede clasificar en dos escuelas: la de los que expresan tonterías aliñadas con solemnidad y la de los que las expresan sin tapujos.

A mi edad no es poca cosa haber conservado al menos una fe. Aún creo firmemente en la complejidad del mundo. De otro modo carecería del estímulo sin el cual no pasa de ser una operación de cálculo, interesada y frívola, el ejercicio de la imaginación en público.

Me ha parecido observar que el artista que le ha visto los colmillos a la vida, si atraviesa una puerta se da indefectiblemente de bruces con el realismo. Se dijera que el realismo consiste no tanto en un estilo como en una seriedad.

Los órganos humanos de la percepción no están suficientemente desarrollados para distinguir con nitidez qué cosa es arte y qué impostura. De ahí tal vez la extraordinaria utilidad del subjetivismo. Se mire por donde se mire, la verdad es un parásito de la belleza. 



- El éxito da alas que permiten al afortunado alzar el vuelo, surcar la altura, planear majestuoso a la vista de quienes ya lo están apuntando desde abajo con sus escopetas.
- Dudo que haya un método más rápido y eficaz de adelgazamiento que la muerte.
- Estoy dispuesto a admitir que no se pueden esperar grandes aventuras de un tipo como yo que prefiere las castañas asadas a la cocaína.
- Conviene ir bien vestido al consultorio del médico si no queremos contribuir a que el diagnóstico empeore.
- Aunque, al menos desde un punto de vista práctico, está bien que existan las naciones. ¿Dónde, si no, se iba uno a exiliar llegado el caso?
- De acuerdo, la perfección no equivale al arte, pero es un buen comienzo.
- A lo largo de mi vida he experimentado momentos de intensa humildad, de quietud y desprendimiento que acaso no queden lejos de la plenitud mística. Por ejemplo, cada vez que me dolieron las muelas.
- No hace falta subir al último piso de los rascacielos ni a la cima de las montañas y mirar abajo para adquirir constancia de la pequeñez humana. En realidad basta con contener la respiración durante un minuto, si aguantas.
- ¿Cómo que no hay ningún libro perfecto, limpio de errores, de contradicciones, de partes superfluas? Y el listín de teléfonos, ¿qué?
- Hijo, ten cuidado cuando salgas a la calle. Mira bien dónde pisas, no vayas a tropezar con un himno.
- Adoptes la táctica que adoptes, antes vencerás al tigre que a la calumnia.
- Desearía formular una serie de preguntas a las personas que hablan con sus perros, pero no sé ladrar.
- A los seres humanos con personalidad doble, ¿cómo hay que tratarlos? ¿De túes o de ustedes?
- Lo contrario de una patada en el vientre no es una patada en la cabeza o en la espalda. Lo contrario de una patada es un abrazo.
- Considero una cima biográfica cada hora, cada minuto, cada segundo exento de dolor.
- Ningún egoísmo tan detestable como el de los demás.
- Soy un ferviente defensor de la duda, con excepción de las de mi cirujano.
- Un tipo que se pasa el día diciendo yo, yo, yo, es un ególatra. Otro que hace lo mismo diciendo nosotros, nosotros, nosotros, es un nacionalista. El nacionalismo no es más que la forma plural de la egolatría.
- He preguntado al radiólogo, pero él tampoco ha sabido descubrir dónde tengo la capital.
- Un aparato capaz de medir la belleza de las obras artísticas no nos serviría de nada sin otro aparato capaz de transmitirnos las emociones correspondientes, en cuyo caso podríamos prescindir tranquilamente de las obras de arte.
- La Tierra es la docilidad en persona. A todas horas, en todas partes, sin la menor resistencia abre la boquita y, obediente, se traga otro ataúd.
- Malas noticias para los habitantes del cielo. A pesar de las innegables comodidades, allí tampoco le estará permitido significar.
- Por el momento me inclino a descartar la opción del suicidio dado el alto riesgo de muerte que comporta.
- Desconfío de los espejos. Ni siquiera saben mentir."


¿Cuándo inventarán el primer anciano que comprenda y no repruebe el mundo que abandona?

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No sé qué es peor, que me devoren cinco o seis leones o que, nada más empezar a engullirme, me escupan porque les doy asco.

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Si en vez del espermatozoide del que provengo, otro de los que participaron en aquella frenética carrera hubiese fecundado el óvulo de mi madre, una persona distinta, acaso con el mismo nombre, habría ocupado mi lugar. A veces, por la noche, cuando reina el silencio, me parece escuchar en torno a mí un coro apenas audible de malévolas risitas.

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El Universo debe de ser indestructible puesto que no le causa siquiera un rasguño borrarse enteramente en cada uno de nosotros cuando morimos.

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No tengo las ideas claras, pero tengo un sofá.

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El otro día constaté por casualidad que me conozco personalmente. No podría afirmar lo mismo de mi esqueleto a pesar de que siempre vamos juntos a los mismos sitios.

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Aunque aquejados de escepticismo, no cesan de componer una obra tras otra. Quizá actúen así por precaución. De otro modo, ¿cómo podrían justificar su vida toda si el futuro les deparase de repente algún tipo de esperanza?

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En cuanto a la composición química de mi alma, sinceramente no se me ocurre nada que objetar.

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Sería realmente un problema representar la muerte si la naturaleza nos hubiese hecho invertebrados.

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¡Qué difícil idealizar a una persona cuando mastica!

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El sentido de nuestra vida, ¿es el mismo que el sentido de la vida de cada una de nuestras partes? ¿De nuestras amígdalas o nuestra rodilla izquierda, pongo por caso? Si fuera así, presumo que no estaríamos lejos de alcanzar sin resistencia respuestas definitivas.

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Es concebible pensar que los santos que subieron al cielo antes del siglo XVI habían rebasado Júpiter por los días de Galileo Galilei.

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Desde que ejerzo de novelista estoy incapacitado para la lectura de novelas. En cuanto abro una por la primera página, inevitablemente procedo a practicarle la autopsia.

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¿Has pensado en los problemas prácticos que deberás resolver en el supuesto de que te sea concedida la resurrección de la carne? Por ejemplo, ¿cómo te las apañarás para hacer entrar en razón a tus herederos, no digamos ya a los herederos de tus herederos?

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Deseé ceñir la corona de rey por un motivo. Me habría gustado presenciar mi propia abdicación.

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De acuerdo, practicaré el ascetismo, pero sólo hasta la hora de comer.

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Dedicarse sin descanso a mantener a raya las ambiciones, ¿acaso no es también una ambición?

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Conozco pocos entretenimientos compatibles con la agonía. Quizá la fe.

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Anoche soñé que un tomo de mis obras completas me caía sobre la cabeza desde la balda más alta y me mataba en el acto. La pesadilla no consistió tanto en el golpe como en la sospecha de haberlo merecido.

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Sinceramente, cumplidos setenta y cinco, ochenta, ochenta y cinco años, ¿aceptaría usted que lo bajaran a la calle en su silla de ruedas; que lo colocasen en una parte de las barricadas donde estorbase lo menos posible, donde no estuviera demasiado expuesto a las corrientes de aire; y que, en suma, a punto de comenzar la refriega, le tuviesen que dar las últimas y fundamentales instrucciones a grito limpio porque está usted más sordo que una tapia? A partir de cierta edad convendría ir pensando poco a poco en la jubilación revolucionaria.

Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) ha publicado recientemente la novela Vidas que resisten (Tusquets. Barcelona, 2011. 184 páginas. 16 euros).

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